Vírgenes Medievales Hispánicas

1. El Substrato

1.3. La Magna Mater en el imperio romano

Cuando nació el cristianismo en Oriente, Hispania ya formaba parte del Imperio romano. Al principio, el Imperio consideró el cristianismo como un peligro dado su dogmatismo, que no encajaba con el cosmopolitismo y el libre culto que propiciaba el Estado en sus dominios. La religión oficial del Estado, además, era politeísta, con un panteón extenso de dioses y con una tranquila, vasta y sana tradición de sumas e integraciones de los diferentes territorios. Así, Roma contaba con un variado panteón de deidades femeninas provenientes de distintas culturas.

Ops era la diosa tierra, esposa de Crono y nodriza del hijo de Zeus. Sus atributos y sus relaciones familiares se identifican con la Rea minoica y la Cibeles griega. A Ops, como a Rea, se la representaba siempre sentada y con una espiga o motivo vegetal en la mano derecha, de forma muy parecida a las primeras imágenes marianas, que también se representarían entronizadas y con un objeto en la mano derecha.

En el siglo II, debido a la romanización, se extendieron en Iberia cultos dedicados a la Magna Mater. Entre ellos, de forma especial, el culto a la Cibeles griega que se dio en zonas más bien alejadas de las grandes urbes. Su culto se encuentra por la zona de Portugal, Cáceres, Trujillo, la Lusitania y el norte de la Tarraconense. El culto a Cibeles llegó a ser organizado y trajo consigo tradiciones que enraizarían y perdurarían en el mundo ibérico, como los ritos del “Taurabolio” o sacrificio del dios toro a manos del hombre, gran tradición del culto mitraico que, sin lugar a dudas, perdura todavía en la Península. En esa muerte del dios toro a mano del hombre, expresiones como “el pase de la Verónica”, en las fiestas taurinas, conectan de manera altamente significativa las tradiciones taurinas mitraicas con los festejos taurinos hispánicos y con las tradiciones de la Pasión del Dios cristiano.

En el año 313, el edicto de Milán legalizó el cristianismo en el Imperio, junto con otras muchas religiones. Fue un importantísimo paso para el asentamiento del cristianismo como religión, pero en cuanto a María comportó pocos cambios. Las deidades femeninas tenían por aquel entonces demasiadas connotaciones paganas para el cristianismo, por lo que María tardaría siglos en afianzarse. Pocos años después, en el 330, el emperador Constantino adoptó el cristianismo como religión oficial del Estado. Fue un espaldarazo definitivo, que situó la religión cristiana en un lugar privilegiado y de poder. En poco tiempo, los cultos mistéricos quedaron desplazados, y la religión grecorromana entró en declive en favor de la cristiana, no sin dolor. En las grandes ciudades, el cristianismo arraigó rápidamente: a finales del siglo IV el número de obispados en la Península, nos dice el ya citado Fernández Conde, ya era superior a 20. Y aunque ciertamente existían obispados en grandes urbes, como Barcelona, Tarragona, Valencia, León o Astorga, las estructuras de la religión organizada se concentraron principalmente en el sur. Debemos quedarnos con este dato porque el contraste será revelador: si bien el cristianismo llegó y se organizó más vivamente en el sur, la tradición mariana, como veremos, llegaría desde el norte peninsular.

La diosa frigia Cibeles, la Real griega y la Magna Mater romana. Fuente: Wikimedia Commons
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