Vírgenes Medievales Hispánicas

6. Los símbolos

7.3. De la familia de María (I)

La historia de la familia de María apenas aparece en los Evangelios canónicos y procede, fundamentalmente, de los llamados Evangelios apócrifos, especialmente los de Mateo y Santiago. El Nuevo Testamento solamente establece una relación entre María e Isabel y, a través de ella, con la estirpe sacerdotal judía. Esto no resulta extraño si tenemos en cuenta que la genealogía judía se transmitía tradicionalmente por línea paterna

Según los relatos apócrifos, Ana, madre de María, procedía de una familia acomodada de Nazaret que se trasladó a Jerusalén. Allí se casó con Joaquín y tuvo a María a una edad avanzada. El profesor James Tabor ha planteado incluso la posibilidad de que la familia de María perteneciera a una élite social, circunstancia que, en el contexto de la dominación romana, podía tener también una dimensión política

La tradición sobre los antepasados de María adquirió especial popularidad en la Edad Media gracias a la Leyenda Aurea, recopilación de vidas de santos realizada en el siglo XIII por el dominico Jacopo da Varazze. A partir de entonces, junto a María y Jesús comenzaron a adquirir protagonismo Santa Ana, su madre, y Emerentia, su abuela. También aparecieron relatos sobre los diferentes esposos de Ana —Joaquín, Cleofás y Salom— y sobre una extensa familia que, aunque desconocida en los textos canónicos, pasó a formar parte de la tradición cristiana. Su grado de fiabilidad, sin embargo, no es mayor que el de la propia tradición sobre Santa Ana, pues todas estas figuras proceden esencialmente de fuentes apócrifas.

Santa Ana tuvo una temprana devoción en Oriente, mientras que en Occidente su culto se desarrolló mucho más tarde. Algunos textos considerados apócrifos en Occidente tuvieron, sin embargo, una aceptación diferente en Oriente, donde las tradiciones sobre la familia de María gozaron de mayor difusión. Ya en el siglo IV, Santa Elena, madre de Constantino, habría mandado construir una iglesia en el lugar en que, según la tradición, habían vivido Ana y Joaquín.

La rápida popularidad posterior de Santa Ana puede entenderse también desde una perspectiva simbólica. La figura de la abuela resulta cercana y universal, y en ella parecen reunirse las tres edades fundamentales de la vida: infancia, madurez y vejez. Como “madre de la madre”, Ana remite además al origen, a la continuidad de la vida y a la sucesión de generaciones. Desde una lectura mitológica, podría incluso interpretarse como la transformación de antiguos símbolos asociados al principio, la maternidad, la tríada y el ciclo vital bajo una nueva imagen cristiana.

Respecto a los posibles hermanos de Jesús, los Evangelios mencionan expresamente a Santiago, José, Judas y Simón, además de varias hermanas. Esta referencia ha generado diferentes interpretaciones. Desde una perspectiva religiosa tradicional, el término “hermanos” puede entenderse en el sentido amplio que tenía dentro de la cultura judía, donde podía incluir primos y otros parientes próximos. Además, el término griego adelphoi no necesariamente implica hijos de los mismos padres. En cualquier caso, el Evangelio de Mateo únicamente afirma que José “no conoció” a María hasta después del nacimiento de Jesús, lo que por sí mismo no demuestra ni que María tuviera otros hijos ni lo contrario.

De José, en cambio, sí tenemos noticia en los Evangelios. Es presentado como el esposo de María, carpintero o constructor, y como aquel que la protege frente a la posible vergüenza social derivada de su embarazo. De ahí procede también la expresión tradicional “Padre Putativo”, origen de las conocidas iniciales PP.

Finalmente, algunos textos apócrifos atribuyen a Ana otras dos hijas: María Salomé y María Cleofás. Estas tradiciones fueron posteriormente incorporadas al imaginario artístico y religioso, como muestra la pintura de Derick Baegert, donde aparecen representados los distintos miembros de esta extensa familia: Ana con sus esposos e hijas, y, junto a ellos, Isabel, Zacarías y Juan el Bautista.

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