Vírgenes Medievales Hispánicas

4. La gran expansión mariana

4.2. Todo bien atado

La concepción de lo que significaba una orden religiosa era, hasta el siglo XI, distinta de la actual. Hasta aquellos momentos no era inusual que los clérigos lombardos alemanes y franceses tuvieran mujer e hijos, que los obispos tuvieran cargos políticos y que la investidura laica fuera la forma normal de nombrar a los eclesiásticos.

Hasta aquel momento, los monasterios eran auténticos centros de poder; tenían grandes territorios de influencia, tenían dinero, riquezas y relaciones de altura. La mayoría de los abades y abadesas de los grandes centros pertenecían a la alta nobleza, sino a la realeza, y su ámbito de influencias era amplísimo.

La orden benedictina, la más extendida hasta entonces, había alcanzado un enorme poder, y su imbricación con la realeza era muy estrecha. La mayoría de los papas pertenecían a dicha orden, y en ninguno de los nombramientos de papas, obispos y cardenales quedaba al margen los reyes de los grandes reinos de Europa.

En este escenario va a iniciarse una nueva reforma benedictina. La idea principal es el retorno al espíritu inicial de la orden. Se ha de volver, dicen, a la sencillez, la pobreza y la oración propias de los orígenes del espíritu cristiano.

Para ello se plantea como cuerpo central del proyecto el control de las investiduras de los estamentos religiosos i, por ende, de toda la estructura que ellos controlan.

La voluntad de Roma es la de ser autosuficientes y no depender de las coronas de los reinos europeos; quieren, dicen, independizarse del poder de reyes y emperadores. Sabemos de las ideas de “teocracia de Gregorio VII” y su voluntad de que el papado esté por encima de reyes y emperadores; el conflicto estaba servido. .

El conflicto bélico enfrentará al papado con el emperador del Sacro imperio y, aunque se llegará a la destrucción de Roma por las mismas tropas requeridas por Gregorio VII, a un cisma y a un doble papado, el conflicto acabo decantándose por el papado que, ya con el Papa Calixto II al frente firmó el “Concordato de Worms” en 1122 y el nombramiento de los poderes eclesiásticos quedaba en manos de la iglesia de Roma.

Poco después de los acuerdos del concordato, el abad de Cluny se reúne con Calixto II y presenta su dimisión. Y en esa misma reunión queda patente la apuesta de Roma por el relevo de la orden benedictina por las órdenes de la nueva reforma; la orden del Cister que, a diferencia de la benedictina con sus abades plenipotenciarios en sus monasterios y territorios dependientes, ha nacido ya, dependiente de Roma. El engranaje de control de las redes de monasterios queda en manos de Roma y por ende se centraliza las decisiones d dogma y de mensaje religioso.

Se inician, ahora, cambios en la estructura eclesiástica, en la disciplina del clero, en hasta en los ritos litúrgicos cambiándose el rito hispano-mozárabe por el gregoriano. El objetivo central del nuevo orden es la centralización del mando y la doctrina cristiana.

Muchos de los grandes monasterios fueron cambiando paulatinamente de manos, pasando de los de hábito negro (benedictinos) a los de hábito blanco (órdenes del Cister) Y las nuevas fundaciones serán ya de la nueva orden.

La tendencia hacia la unidad de culto, disciplina y obediencia se consolidó y se prolongará durante siglos. En ese marco, la devoción mariana se integró en liturgia, literatura y patrocinio arquitectónico, y la imaginería se benefició de una red de difusión cada vez más eficaz

A principios del siglo XII esta reforma estaba firmemente instaurada en toda Europa. Y este movimiento firmemente imbuido del espíritu gregoriano se convertirán en el instrumento indiscutible de la reforma eclesiástica de Europa.

La voluntad de unidad de corona, culto, orden y dogma se extendía y sería una tendencia de siglos

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